La Fundación PDF Imprimir Correo

Hace un tiempo atrás trabajamos en un taller de teatro de una comunidad para niños y jóvenes socialmente marginados en El Alto, una ciudad ubicada en el altiplano boliviano, a 4000 metros sobre el nivel del mar, donde hace mucho frío. Un día nos invitaron a Santa Cruz, en la Amazonía - ¡donde hace mucho calor! , para participar en una verbena cultural celebrando el aniversario de la Colonia Piraí, una granja donde se forman jóvenes en oficios agrícolas.

Nuestro elenco artístico era nuevo y todavía no tenía nombre. Sus miembros eran nueve: Sixto, Eduardo, Bernabé, Jesús, Abel, Freddy, Ricardo, Braulio y Santos.

En la mañana antes de nuestra presentación nos preguntó el animador de la verbena cómo se llamaba nuestro grupo para la correspondiente presentación al público.

"Nosotros nos llamamos...", comenzó Sixto, pero de pronto se calló y miró a los demás como en búsqueda de ayuda. Silencio fue la respuesta. "Pues... este asunto tendremos que hablarlo todavía, ¿ya?"

En seguida intentamos ponernos de acuerdo sobre el nombre de nuestro grupo, pero no fue fácil.

"Nos podríamos llamar como nuestra Comunidad", propuso Santos. "¡Damas y Caballeros, el grupo de teatro de la Comunidad para niños y jóvenes socialmente marginados!"

"¡Wa, no puede ser nombre de un grupo de teatro!" protestó Eduardo inmediatamente. A muchos de los chicos el nombre de la Comunidad les cayó mal y ya habíamos hablado de rebautizarla.

Por un momento todos callaron, después dijo Jesús: "¿Qué tal El ojo de la aguja?" Su cara estaba llena de picaduras de mosquitos.

"O simplemente La aguja", dijo Ricardo rápidamente.

"¿Por qué aguja?" preguntó alguien.

"Porque... pinchamos con nuestras obras, ¿no es cierto?"

"Entonces también podríamos llamarnos Las mariposas, porque volamos con nuestras ideas", se burló Freddy."

Las mariposas... ¿Por qué no?" Bernabé se preguntó, pensando en voz alta.

"Bueno, avísenme cuando se hayan puesto de acuerdo, tengo cosas que hacer", dijo el animador de la verbena y se retiró sonriendo.

"¡Están hablando realmente macanas!" se enojó Abel. "Nos hacen quedar mal."

"¿Puedes proponer otra cosa?" preguntó Santos.

Otra vez cundió el silencio. Desde afuera se podía oír el ruido de los trabajadores que armaban el escenario; por la ventana se podía ver a jóvenes que pintaban con cal las partes inferiores de los árboles y las piedras en el borde del camino. Otros cortaban el pasto y en el fondo, frente a los establos, bañaban con una manguera a las vacas y a los chanchos. Todos se esforzaban para que la granja brillara el día de su aniversario.

"Debería ser algo macanudo que les guste a las chicas", dijo finalmente Abel. "Por ejemplo, nos podríamos llamar Los machos."

"Desde que estamos aquí sólo piensas en chicas", murmuró Ricardo. Sufrió mucho por el calor y el sudor le chorreaba por la cara sin cesar.

"No es cierto", se defendió Abel. "Sólo estás celoso, porque todas las chicas me miran a mí..."

"¡Claro que es cierto!" chilló Braulio. "Hasta en sueños hablas de una tal Natalia."

"¡Cállate, perro sucio!"

Eso fue demasiado para Braulio, que era un muchacho bastante sensible. Se retiró de la habitación llorando.

"Por supuesto te has enamorado de la Natalia", siguió provocando Ricardo mientras tanto. "¿Crees que no tenemos ojos en la cabeza?"

Natalia era una chica muy linda que vivía en la Colonia Piraí.

"¡Eres un mentiroso!" gritó Abel.

"¡Repítelo, si eres un hombre!" gritó Ricardo de la misma manera.

"¡Mentiroso maldito!"

Y antes de que pudiéramos evitarlo, ambos se habían lanzado a una feroz pelea. Cuando los otros lograron separarlos, ambos tenían un ojo morado: Abel en el lado derecho, Ricardo en el lado izquierdo; y el grupo seguía sin nombre.

"Al final qué importa", nos consoló Eduardo. "Nos presentaremos sin nombre antes que resulten más ojos morados."

Nos separamos y cada uno preparó sus cosas para la actuación. El sol se había puesto y los mosquitos habían empezado a salir de la oscura selva a orillas de las aguas amarillas del Río Piraí. La verbena largamente esperada comenzó. Doscientos chicos y chicas se agolpaban frente al escenario. Las luces se prendieron. Siguieron los discursos usuales, diferentes grupos de música y declamaciones, y por fin nos tocó a nosotros...

"Ahora, damas y caballeros, el grupo de teatro de El Alto", sonó una voz aguda a través del micrófono, y dirigida a nosotros detrás del telón: "¿Ya eligieron su nombre? ¿Será Ojo de aguja o Ojo de mariposa?"

El público se rió. Se rió de los "kollas", de los montañeses tontos.

Entonces Abel, profundamente ofendido, resopló por la nariz, salió al escenario con su ojo hinchado y morado y ladró: "Qué Ojo de aguja ni qué Ojo de mariposa... ¡Ojo morado!"

La reacción del público era increíble, tuvimos que esperar varios minutos hasta que las risas, los silbidos, los aplausos y los estampidos de pies callaron. Ya no importaba cómo presentamos la obra preparada. Con los dos protagonistas de ojos morados el éxito estaba garantizado.

Malas lenguas dijeron después, que Abel y Ricardo se habían pele

 


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